miércoles 23 de septiembre de 2020 - Edición Nº1051
Diputados Bonaerenses » Opinión » 2 abr 2020

2 de abril

A 38 años de la guerra: la historia del primer Hércules en aterrizar en las Islas Malvinas

El licenciado Alejandro Scomparin relata la historia del primer avión que aterrizó en el Puerto Argentino en medio del combate armado.


Por Lic. Alejandro G. Scomparin

Señor… si no bajamos… ¡nos caemos Señor!.

La recuperación de las Islas Malvinas por parte de las fuerzas armadas argentinas estaba en marcha. Habían pasado algunos minutos de las 8.30 horas del 2 de abril de 1982. Hacía más de cuatro horas que el avión Hércules, matrícula TC-68 había despegado y se estaba quedando sin combustible. Sobrevolaba Puerto Argentino, esperando una señal que no llegaba. El aeropuerto tendría que estar despejado y en manos de las tropas argentinas para descender con seguridad.

Gustavo Funes estaba realizando el servicio militar hacía 45 días, en sanidad de la Fuerza Aérea, cuando le ofrecieron ir a Tandil el fin de semana, para realizar maniobras. La oferta era tentadora, porque de lo contrario tendría que hacer cuarenta días de guardia en el Hospital Aeronáutico de Pompeya. Eran los últimos días de marzo. Unas semanas antes, Gustavo había ingresado a la UTN para estudiar ingeniería civil. Podía combinar el servicio militar y el estudio, por la noche.

El avión pasó por Tandil y El Plumerillo, para finalizar su recorrido en Comodoro Rivadavia. Durante tres días llenó botiquines metálicos con insumos de enfermería en el Hospital de esa Base, que iban a utilizar durante las “maniobras”. El resto del equipo de sanidad estaba integrado por el Capitán Medico Baruso, el Sargento Enfermero Miguel Angel Lucarelli y su compañero de servicio militar Marcelo Naon.

El movimiento de tropas y aviones de combate era incesante.

La noche del 1 de abril, el Capitán Baruso ingresó a la sala donde se encontraban prestos para cenar, con claros signos de preocupación. Recorrió con su mirada los rostros de todos, y les dijo:

-Mañana temprano partimos hacia Malvinas. ¡No es un ejercicio!. ¡Vamos a recuperar las islas y ustedes serán parte de la historia argentina!.

La sorpresa y el silencio los invadieron. Gustavo buscó la mirada de su compañero, pero no encontró respuesta. Ambos tragaron saliva, y respondieron:

-¡Comprendido señor!.

-No pueden llamar por teléfono, ni avisarle a nadie. Deben guardar estricto secreto.

Gustavo viajaba como camillero en el primer Hércules que debía despegar en Comodoro Rivadavia. Estaba armado con un Fusil FAL Paracaidista y una pistola 11.25. En el mismo avión lo hacían los comandos de la Fuerza Aérea, el Grupo de Operaciones Especiales (GOE).

A las 8.45 hs, el avión inició su aproximación a la pista de aterrizaje. La incertidumbre les mantenía el alma en vilo, cuando escucharon el sonido metálico del portón trasero del avión. Esa señal indicaba que estaban próximos a saltar. 

Los Comandos de la Armada Argentina estaban combatiendo en Puerto Argentino. Debían tomar el cuartel de los Marinos Ingleses, llegando posteriormente por tierra hasta el aeropuerto, que también deberían asegurar. Si no lo hubiesen hecho, lo tenían que hacer quienes llegasen en el primer Hércules. Había tres escenarios posibles: los ingleses permitiesen el aterrizaje y luego abrieran fuego contra el avión; que la pista estuviera dinamitada y que el avión volara por el aire al tocarla y el tercero, que pudiesen aterrizar y durante el carreteo crucen un camión y se estrellen contra el mismo. Ninguno favorable, si el aeropuerto no estaba en manos argentinas.

A medida que descendían, podían observar soldados con ropa camuflada apostados a los costados de la pista, apuntando hacia el lugar donde debían aterrizar. La bandera británica ondeaba en Puerto Argentino. Los comandos hacían el último chequeo de sus armas. Traían la cara pintada, granadas, cuchillo y municiones de todo tipo. Estaban equipados con lo último. Armas que solo se podían ver en una película de Hollywood. El avión volaba cada vez más bajo. El tren de aterrizaje estaba preparado para carretear por la pista. El sonido de los borceguíes sobre el piso del avión presuponía que se acercaba el momento de la acción. El avión era un hormiguero. La tensión en los rostros iba en aumento.

El jefe de los comandos hizo una pausa para hablarle al equipo de sanidad:

-Tranquilos, nosotros los vamos a proteger. Vamos a realizar un círculo para cuidarlos.

El tiempo se detuvo… ¡debían rezar!… ¡todos lo hicieron, sin excepción. Esa eternidad silenciosa se interrumpió con un grito anónimo:

-¡Son Nuestros! ¡No tiren! Los que están al costado de la pista… ¡son argentinos!

Gustavo Funes es Ingeniero en Construcciones. Es experto en Saneamiento del Consejo Federal de Inversiones, y fue contratado como especialista en diferentes proyectos del  Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (BM).

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