Luchar por nuestras Malvinas para honrar a nuestros héroes, por Lucía Iañez

La diputada bonaerense de Unión por la Patria, Lucía Iañez, reflexiona sobre los caídos en las Islas Malvinas y la coyuntura nacional.

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(*) Por Lucía Iañez

Las Malvinas son muchas cosas. Es el reclamo de nuestra tierra secuestrada en la supremacía de la fuerza. Es la lucha por la querida Perla Austral. Es la negación al olvido. Es el reclamo por Justicia.

Malvinas es el dolor permanente de los que se fueron, y especialmente de los que nunca volvieron. Es la culminación de un periodo tan perverso como doloroso para todo el pueblo argentino, en el último intento desesperado de los crueles por mantenerse en el poder profanado, y con el que se cometieron los peores de los crímenes de lesa humanidad que se tenga memoria en la República Argentina.

Malvinas es el pedido eterno de justicia por las torturas que recibieron los soldados que fueron sometidos a un trato deshumanizante y a vejaciones injustificables por sus superiores. Torturas que aún, esperan justicia.

Malvinas es el reclamo de la soberanía, pero no sólo la territorial. Es el reclamo por la soberanía alimentaria, por los recursos, por los peces, por la plataforma continental, por el petróleo, por el punto estratégico mundial, por el estrecho, por la soberanía antártica, por el mapa completo, por el fin del colonialismo internacional.

La diputada de la provincia de Buenos Aires de Unión por la Patria, Lucía Iañez, es representante de la Octava sección electoral.

Conocí las Islas Malvinas y lo que pasó en la guerra de muy chiquita. Me crié en esas casas donde se hablaba de todo en la mesa y, especialmente, de Argentina y de política. Mi padre, militante, tenía un centro cultural en la que ahora es la Plaza Islas Malvinas, recuperada como espacio público. Todavía la plaza se estaba armando y también el Centro Cultural y el sitio de memoria. Esa plaza que hizo propia el CECIM La Plata, orgullo de nuestra ciudad y bastión de esta lucha. Esa plaza que es parte de la historia viva.

Tendría 6 años cuando mi papá me contó lo que había pasado. Estábamos parados en el que fue el portón de regimiento 7 de La Plata de donde salieron más de 800 soldados a una injusta pelea que tenía más tinte de salvavidas que de vocación soberana. Un regimiento que unos años antes había funcionado como Centro Clandestino de Detención. Mi papá se había salvado de casualidad de la colimba porque él era categoría 58 y salió la 59. Mi abuela lloraba al recordar que su bebé se había salvado. Eran pibes cuando todo esto pasó, pero aparecía en su memoria con detalles específicos, como si todo hubiese sido ayer.

Vivimos en una Argentina que trata de recuperarse de perder una generación llena de sueños y esperanzas. Miles de esos pibes, algunos adolescentes, se vistieron de soldados para luchar en Malvinas y enorgullecer a su patria. Una vez escuché contar a Hernan Casciari que parado frente a enormes fotografías en blanco y negro con las caras de pibes desaparecidos se había dado cuenta que eran “chicos disfrazados de adultos”. 

Los pibes de Malvinas son nuestros héroes, de los más preciados de la Patria, de los que intentaron la hazaña por la celeste y blanca y por el “suelo más querido de la patria en la extensión”. Luchar por nuestras Islas Malvinas y continuar el reclamo por la soberanía es lo que le da sentido a cada una de esas valientes vidas que quedaron en nuestras tierras al viento del sur, donde termina el mundo. Esos héroes que nunca vamos a olvidar.

(*) La autora de esta nota es integrante de la comisión de Asuntos Constitucionales y Justicia en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires.

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