(*) Por Pablo Petrecca
Hay una forma muy sencilla de distinguir a un gobierno que conduce de uno que simplemente sobrevive. El primero evita que los problemas exploten y el segundo espera a que exploten para anunciar que está trabajando en ellos.
Hace tiempo que la Provincia de Buenos Aires dejó de tener un gobierno que se anticipa para acostumbrarse a uno que siempre llega después.
Después del paro.
Después del delito.
Después del hospital colapsado.
Después de la escuela que suspende clases.
Después del escándalo.
Después del incendio.
Y, como si fuera un ritual perfectamente ensayado…..llegan las reuniones de urgencia, las mesas de diálogo, las conferencias de prensa, los anuncios; y, por supuesto, el responsable de siempre: OTRO. Nunca la propia gestión.
El método ya es una marca registrada.
Primero aparecen las advertencias, después el Gobierno las relativiza y más tarde las ignora.
Cuando el problema ya resulta imposible de ocultar, organiza una reunión urgente para resolver una crisis que dejó crecer durante semanas o meses.
No es mala suerte, no es casualidad.
Es un modo de gobernar.
Volvió a ocurrir con la educación.

Los reclamos docentes eran conocidos y las negociaciones estaban empantanadas. Los gremios advertían que el conflicto escalaba y las familias veían venir el problema. Todos sabían lo que iba a pasar.
Todos….. menos el Gobierno.
Esperó hasta que el paro fue inevitable.
Esperó hasta que miles de chicos volvieron a quedarse sin clases.
Esperó hasta que los padres tuvieron que reorganizar otra vez su vida.
Y recién entonces apareció el discurso del diálogo.
Pero la educación es apenas el último capítulo de una historia repetida.
Pasó con los hospitales públicos, donde la crisis se volvió visible recién cuando los propios trabajadores comenzaron a denunciar el deterioro del sistema.
Pasó con la inseguridad, donde cada crimen resonante termina acompañado por anuncios que llegan cuando las víctimas ya no pueden esperar.
Pasa con las cárceles, donde durante años se permitió que organizaciones criminales siguieran coordinando delitos desde el interior de los penales mediante teléfonos celulares, mientras las advertencias se acumulaban y las respuestas nunca llegaban.
Pasa con las rutas, cuyo mantenimiento parece comenzar únicamente después de un accidente.
Pasa con la infraestructura escolar, que vuelve a ser noticia cuando una escuela debe cerrar sus puertas.
Y ahora vuelve a pasar con las paritarias docentes.
Lo más preocupante no es que existan conflictos.
Toda gestión enfrenta conflictos.
Lo preocupante es que este Gobierno parece incapaz de anticiparlos.
La prevención desapareció de la gestión pública y la planificación fue reemplazada por la reacción.
La conducción, por la improvisación.
Y el reconocimiento del problema siempre llega cuando el costo ya lo pagaron los bonaerenses.
A esa falta de anticipación se suma otro rasgo igual de preocupante: la soberbia.
En lugar de escuchar las advertencias, muchas veces se las descalifica.
En lugar de corregir el rumbo, se insiste en que el problema es otro.
Y cuando la realidad termina imponiéndose, la explicación vuelve a ser la misma: la culpa siempre está afuera.
Siempre hay un responsable externo.
Siempre hay alguien más a quien señalar.
Mientras tanto, la pregunta que se hacen millones de bonaerenses sigue sin respuesta: ¿quién se hace cargo de lo que depende exclusivamente de la Provincia?
Gobernar no consiste en explicar por qué las cosas salen mal.
Gobernar consiste en evitar que salgan mal.
Las crisis no siempre pueden prevenirse.

Pero cuando todas encuentran al Gobierno corriendo detrás de los acontecimientos; cuando todas terminan sorprendiendo a quienes tenían la obligación de preverlas; cuando todas concluyen con la misma secuencia de anuncios tardíos y excusas repetidas, el problema deja de ser la coyuntura.
Pasa a ser la forma de ejercer el poder.
Porque un gobierno que siempre llega después de los hechos ya no administra excepciones, administra las consecuencias de su propia falta de conducción.
Y una Provincia que vive reaccionando a las crisis, es una Provincia donde las crisis terminan gobernando.
Porque gobernar no es explicar las crisis.
Gobernar es evitarlas.
Y cuando un gobierno llega tarde a la educación, tarde a la seguridad, tarde a la salud, tarde a las cárceles y tarde a cada conflicto importante de la Provincia, deja de ser un problema de gestión.
Empieza a ser un problema de conducción.
Los bonaerenses no necesitan un gobierno que administre incendios.
Necesitan un gobierno que deje de prenderlos con su propia inacción.
(*) Pablo Petrecca es jefe del bloque PRO en el Senado bonaerense.
Quién es Pablo Petrecca
Pablo Petrecca es senador bonaerense por la Cuarta sección electoral, presidente del bloque del PRO en la Cámara alta y exintendente de Junín, municipio que gobernó durante diez años antes de desembarcar en la Legislatura. Su carrera política comenzó en 2009, cuando se incorporó al PRO inspirado por el liderazgo de Mauricio Macri, aunque suele afirmar que su vocación pública nació durante la crisis de 2001 y por la formación solidaria que recibió en el ámbito familiar.
En diálogo con Diputados Bonaerenses, Petrecca definió su perfil como un dirigente de gestión, más identificado con “los hechos que con las palabras”. Entre sus principales banderas aparecen la autonomía municipal, la actualización del Código Único de Distribución (CUD), una reforma del Estado provincial y una mayor transferencia de recursos hacia los municipios del interior bonaerense, ejes que hoy también impulsa desde el Senado.
Dentro del PRO, el senador es un dirigente con peso territorial propio. Tras asumir su banca a fines de 2025, pasó a conducir el bloque amarillo en el Senado bonaerense y se convirtió en una de las voces más activas de la oposición, combinando la actividad legislativa con recorridas por la provincia y una agenda centrada en producción, innovación y fortalecimiento de los gobiernos locales.




