(*) Por Valentín Mauro
La Plata nació como respuesta a una herida. Fue una apuesta política, un acto de imaginación estratégica ante el cercenamiento institucional que significó para la provincia de Buenos Aires la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880. Frente al despojo, la dirigencia bonaerense no respondió con nostalgia, sino con ambición. Allí, en el medio de la llanura, donde antes no había más que campo, se levantó una ciudad moderna, planificada, monumental. Una capital construida desde cero, inspirada en los ideales republicanos y en los modelos urbanos más avanzados de su tiempo.
Fue Dardo Rocha, quizás el último gran político que pensó el país desde una perspectiva bonaerense, quien lideró ese proyecto. Gobernador de una provincia herida, no se encerró en la queja ni en el provincialismo estrecho: convocó a una nueva visión de país. Fundó La Plata el 19 de noviembre de 1882 como capital de un Estado moderno, con una universidad desde sus orígenes, con servicios públicos innovadores, con arquitectura monumental y un diseño urbano racional, pensado hasta en sus más mínimos detalles. La ambición de aquella generación —la del trazado geométrico, la del alumbrado eléctrico antes que muchas ciudades europeas, la del puerto, la del saber— debería hoy interpelar a nuestra modesta política local, muchas veces anclada en la urgencia y la improvisación.

Sin embargo, esa identidad fundacional, tan potente como olvidada, es la que hoy debemos recuperar. No podemos resignarnos a que La Plata funcione como una ciudad desordenada, desigual, con una periferia olvidada, servicios saturados y decisiones que se toman sin racionalidad. Necesitamos volver a pensar la ciudad en términos estratégicos, con una planificación urbana adecuada, con un modelo que integre al casco fundacional y a sus barrios periféricos, con inversión en infraestructura, conectividad y desarrollo humano.
La Plata debe volver a ser una ciudad del conocimiento, con un ecosistema productivo y universitario que articule lo público y lo privado, que potencie el talento local y transforme el saber en desarrollo. No podemos seguir desperdiciando el capital humano que generan nuestras universidades, nuestros centros de investigación y nuestra comunidad científica. Ese potencial, hoy subutilizado, debería ser el motor del progreso local.
Pero para lograr todo esto hace falta más que voluntad política: hace falta autonomía.
Hoy, de cada cinco pesos que los platenses aportamos en impuestos provinciales, apenas uno vuelve en forma de obras o servicios. El 80% restante se lo queda la Provincia y se ejecuta con criterios ajenos a las prioridades reales de nuestra ciudad. Deviniendo en calles que no se asfaltan, escuelas que no se construyen y sistemas de agua que no se reparan en nuestra ciudad.

Esta inequidad no es producto del azar. Es consecuencia directa de un modelo institucional centralista y vetusto de la Provincia de Buenos Aires dictado en la Ley Orgánica de Municipalidades. Esa ley mantiene a los municipios, incluso a la capital provincial, bajo tutela política, sin autonomía para decidir sobre su estructura de gobierno, sus recursos o su planificación estratégica.
La autonomía no es una bandera partidaria. Es una causa estructural, una herramienta moderna de gestión, un derecho constitucional, y una deuda histórica con nuestra ciudad. Es la condición necesaria para que La Plata deje de ser una capital olvidada y empiece a ser una capital con voz, con recursos y con poder de decisión.
La autonomía es, en definitiva, la forma —o el sueño— de devolverle a la ciudad la misión para la que fue fundada. Es la posibilidad de que La Plata vuelva a ser una capital fuerte, moderna, pensada por y para sus ciudadanos.
En un contexto político signado por la polarización y los discursos vacíos, muchos platenses no nos sentimos representados por los extremos que dominan el debate público. Para todos ellos, desde el centro político, se ha construido una alternativa provincial: “Somos Buenos Aires”. Un espacio formado por bonaerenses para bonaerenses, que pone en el centro a los vecinos y vecinas, y que cree que gobernar bien no es gritar más fuerte, sino planificar mejor.
Desde la Juventud Radical de La Plata creemos que este debate debe dejar de ser un reclamo episódico para convertirse en una causa generacional. Una causa que convoque a todos los que creemos que nuestra ciudad no puede seguir perdiendo tiempo, ni talento, ni destino. Una causa que mire hacia adelante, pero con el orgullo de quienes no reniegan de su pasado: un pasado que fue ambicioso, ilustrado y transformador.
La historia de La Plata nos convoca a pensar en grande. Y ese legado, lejos de ser un patrimonio melancólico, debe ser un mandato político. Nuestra generación no puede permitirse menos que eso.
Es ahora. Porque Somos Buenos Aires. Porque somos Ahora La Plata.
(*) El autor es presidente de la Juventud Radical de La Plata.







